[Escrito por Luis Espinosa]
Vicente
Leñero se describía como un escritor falto de imaginación y
sostenía que las grandes historias estaban en la realidad: lo
cotidiano como creador de la literatura, es decir que lo cotidiano
hace literatura todos los días, instintivamente.
Sus talleres
de teatro eran la muestra de esto, les pedía a sus alumnos ir a las
plazas públicas o a los mercados populares de la ciudad y escuchar…
tratar de memorizar los diálogos ordinarios, para luego
transcribirlos.
Leñero
vivió sin vueltas, fue innovador y le dio dignidad al periodismo
mexicano. Hizo un mestizaje de dos disciplinas, la literatura y el
periodismo. Es dueño de una prosa cultivada con mucha dedicación,
bella por su sencillez y su carácter, supo obtener con la esencia
de sus personajes, con “Los albañiles” logró describir al ser
mexicano, cosa que ni Carlos Fuentes pudo
lograr con “La región más transparente” de 1958.
Los
albañiles es un libro que no se hace profundo en definiciones
sociológicas sino que presenta a los personajes con sus propios
dramas, como aventados a la historia. No es un libro hecho por un
intelectual extranjero de las clases sociales marginadas. No
tiene un ánimo ostentoso, está escrito con un lenguaje sencillo y
cotidiano, lejos de todo aquel barroquismo, propio de escritores con
más vanidad exhibicionista que vocación.
Vicente fue
Ingeniero Civil de profesión, durante su servicio social comenzó a
recoger el germen de su obra: “Entré a una compañía de
instalaciones sanitarias y me fue mal. Sufrí la aspereza de los
albañiles, que son duros, y, como me veían como un ingeniero
inexperto, me ponían unas sanjuaneadas terribles. De esos recuerdos
quería hacer pequeños cuentos, tenía ya varios temas y los
empezaba a reunir, pero la novela no crecía”.
Su carrera
como escritor está inspirada en la vocación por el periodismo,
funciona como lubricante de su obra. Sin el periodismo no podríamos
conocer su creación como escritor, dramaturgo o guionista.
“No, yo
pienso que se impuso más el ser periodista. Si yo no hubiera sido
periodista, yo no hubiera podido escribir muchas cosas de las que
escribí. Gran parte de mi producción teatral, literaria, está
fincada en el periodismo. Yo soy un escritor con muy poca
imaginación; a mí no se me ocurren ideas como se le ocurren a
otros. No me siento en una mesa y de pronto imagino un cuento, una
novela, sino que me acostumbré, porque esa fue mi formación, a que
la realidad era lo que me impresionaba: el averiguar, el estar en
contacto con la realidad; eso le permite a uno escribir con una
visión periodística. Yo me acuerdo que había planeado una novela
sobre el ambiente periodístico como lo había conocido, como lo
había vivido. Me interesaba mucho reflejar cómo es una sala de
redacción, cómo los periodistas se emborrachan, se pelean, se
matan, se corrompen. No encontraba todavía cómo hacer esa novela, y
entre que la pensaba y la empezaba a escribir ocurrió el golpe a
Excélsior, que era de suyo una novela más interesante de lo que a
mí se me pudiera ocurrir, es decir, la realidad me dotó de una
información, de una vivencia que yo no hubiera podido imaginar”.
Alonso Díaz
de la Vega recuerda a un Vicente Leñero de fumada lenta y tímida,
de incomodidad manifiesta en cada entrevista, era de los que
preferían estar del otro lado, hacer los cuestionamientos, aunque
admitía que alguna vez en su vida también había preguntado
pendejadas.
Vicente
Leñero entró a la facultad de periodismo, de alguna manera, porque
quería aprender a escribir y hacer periodismo de forma
desideologizada, Leñero creía que desde el momento en que el
periodismo se ideologiza deja de ser buen periodismo. Uno no escribe
–decía– para juzgar. Ni la prensa, ni la literatura
está hecha para soltar sermones, uno escribe para reflejar, lo más
objetivamente posible la vida que nos rodea.


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