[Escrito por Eduardo Ari Guzmán]
Indagar en los distintos periodos que conforman la historiografía del teatro universal es hallar una constante: la relación del teatro con la política; este modo, establecido por el hombre, para ejercer el poder, con la finalidad de organizar, legalmente, el Estado. Esto me lleva a afirmar: el teatro ha permanecido cerca (quizá demasiado) del Estado, sea para reafirmarlo o cuestionarlo.
El poder, en su sentido general, escribe Norberto Bobbio: “designa la capacidad o posibilidad de obrar”; y en su sentido social es la “capacidad del hombre para determinar la conducta del hombre: poder del hombre sobre el hombre. […] El poder social es una relación tríadica”, es decir, para que A ejerza poder sobre B tienen que estar insertos en una esfera de poder, por ejemplo: en la esfera de la política un Gobierno ejerce poder sobre los ciudadanos; en esta esfera el poder debe ser reconocido y sustentado sobre bases jurídicas o divinas.
Ahora bien, el poder, o mejor dicho, el interés es una pasión del hombre; es una seña de identidad del alma humana; es una fuerza que acciona un instinto de supervivencia que, con tal de realizar su interés, el humano asesina, miente, roba, usurpa.
William Shakespeare, en su dramaturgia, representó esta cualidad del alma, ejemplo de ello es la obra Vida y muerte del Rey Juan, escrita, probablemente entre 1594 y 1596, durante el reinado de Isabel I. Smallwood, en su introducción a la obra, escribió: “Se sabe con certeza que fue escrita para las audiencias inglesas, en un momento en que existía un miedo extendido por la ofensiva católica, dentro y fuera del país, pero el análisis de la conducta de los hombres en situaciones políticas, que es el tema del que trata la obra, tiene validez universal”.
Los hombres representados en Vida y muerte del Rey Juan toman sus decisiones en función de su interés: el de ser leales a Inglaterra. El lector/espectador ve y sabe que en una situación política los hombres siempre accionan a conveniencia con tal de no ver disminuido su poder.
Se dice que nadie como Shakespeare para representar la pasión del alma humana y por ello se le considera un canon. Canon no como algo normativo o preceptivo, sino como una tradición historiográfica del teatro universal. En este sentido, el canon shakesperiano, presente en nuestra dramaturgia, se puede observar en Tezozomoc o el usurpador (2005) de Luis Mario Moncada, publicada en la revista Tramoya1, la obra es una paráfrasis de la Vida y muerte del Rey Juan, en ambas, se teatraliza la lucha por el poder entre el usurpador y el rey a quien por derecho le corresponde gobernar. Para ello parto del supuesto de que usurpar, en la obra, es un ejercicio de poder, el cual se justifica en la esfera de poder dinástico y se refuerza con la guerra, lo cual se puede explicar, brevemente, de la siguiente manera:
En los tiempos de los tepanecas el poder era de linaje dinástico, se heredaba; la sucesión era lineal: padre-hijo y se le denominaba derecho de progenitura. El tlatoani tenía todo el poder pero, para ejercerlo sobre el pueblo (los macehualtin), debía ser reconocido, principalmente por el sacerdote (lo divino), los pipiltin (los nobles). Dos prácticas del tlatoani para afianzar su poder fueron: los matrimonios y las guerras de conquista. Esta es la esfera del poder que le da coherencia a todas las acciones representadas en Tezozomoc o el usurpador.
Esta obra pertenece a lo que denomino: dramaturgia de la Conquista, la cual es un modo de teatralidad; sus historias parten de la memoria del pueblo mexicano que, al ser (re) contadas es como si el dramaturgo hiciera énfasis en la importancia de recordarlas, de revivirlas en la representación porque algo de ese pasado dialoga con el presente. Esto es, usurpar el poder en los tiempos de Tezozomoc y mandar asesinar a quien por derecho le corresponde gobernar, tiene relación con la situación política de nuestro lastimoso presente.
Marvin Carlson dijo: “toda obra es una obra de la memoria”. Para el autor, volver a contar historias conocidas por el lector/espectador es un rasgo del drama, el público las conoce por medio del mito, la leyenda, la literatura o la Historia de su país.
Carlson señala dos efectos que detonan la memoria del lector/espectador: la ironía dramática, cuando lo representado no coincide con la versión que conoce el lector/espectador y el personaje reciclado, el cual se retoma del mito, la leyenda, la historia o la literatura. Cada uno de los efectos mencionados son detonantes de la memoria del lector/espectador con la finalidad de provocar el efecto de recepción dialéctica, esto es: el lector/espectador compara su conocimiento previo de la fábula con el “nuevo” que obtiene de la representación, al confrontar ambos conocimientos, el receptor podrá emitir un juicio de valor que, en lo ideal, lo exhortaría a cuestionar su realidad y en el mejor de los casos, a cambiarla.
En el caso de Tezozomoc o el usurpador el efecto de recepción dialéctica es que, por un lado, la historia de nuestro país se ha construido con el esfuerzo de la tiranía, la usurpación del poder, el asesinato, la transgresión al orden de la esfera del poder; por otro, es la sugerencia de que después de derrocar a un gobierno usurpado y el poder lo toma a quien por derecho le corresponde, vendrán tiempos de paz, de esplendor, pues, como se sabe, cuando Nezahualcoyotl tomó el poder de Texcoco e integró la Triple Alianza (Tenochtitlan-Texcoco-Tacuba) fue el momento de mayor gloria… pero después cayó el ocaso, la Conquista.
Ejemplo de ello es la relación del principio y el fin de la obra, ambos se desarrollan en el Palacio de Tezozomoc en Azcapotzalco, espacio dramático que representa el poder del tlatoani, un poder inestable y no reconocido. En la situación inicial arriba el embajador de Tlaxcala y exige a Tezozomoc devolver el bastón de mando (símbolo de poder del tlatoani) el cual usurpó y que por derecho le corresponde a Nezahualcoyotl, para que sea éste el digno Señor de Texcoco. Tezozomoc no acepta y ante su negativa el único camino es hacer la guerra. En la situación final de la obra tiene lugar la muerte de Tezozomoc, en su lugar ha dejado a su segundo hijo, Tayatzin.
Me resulta interesante que la relación del principio con el final tenga lugar en el mismo espacio dramático, como si la obra sugiriera que el poder usurpado jamás podrá ser reconocido y por lo tanto, en cualquier momento corre el riesgo de perderse. Si bien, en la obra, el poder sobre Texcoco continua en manos de Tayatzin, no será por mucho tiempo pues Maxtla, el primogénito de Tezozomoc, intentará tomar el poder que por derecho le corresponde… Y esto se convierte en una lucha por el poder que no tiene final, que salta de la ficción teatral a la inestabilidad política que estamos viviendo… quizá sea provocada porque el Señor Presidente usurpó el poder, de lo contrario el país no estaría en guerra.
La historia de Tezozomoc forma parte de la memoria del pueblo mexicano. Al (re)contarla en el espacio teatral, se pone de manifiesto la relación del pasado con el presente. Esta relación responde a dos motivaciones: primero, es importante volver a contar la historia no sólo porque la usurpación del poder es un tema universal sino porque, lamentablemente, es una acción vigente; segundo, la obra apela a que esta historia no debe olvidarla o mejor dicho, recordarla el lector/espectador, pues la única forma de que esto ya no pase es que éste tome conciencia de su pasado histórico para cambiar el presente. Al menos esta es mi esperanza. Y por eso creo, hoy creo en esto: el teatro que cuenta historias conocidas por el público o bien que sus intertextos son la Historia del país, busca la emancipación del lector/espectador.
1 Tezozomoc o el usurpador, como tal no se ha representado. Hace dos años, la Compañía Nacional de Teatro y la Royal Shakespeare realizaron un versión que llevó por título Un soldado en cada hijo te dio. Esta versión se mostró en el Festival Internacional Cervantino y en el Festival Mundial de Shakespeare en el marco de los Juegos Olímpicos en Londres. ¿A qué interés habrá respondido la razón de cambiar no sólo el título sino la obra en sí? La cuestión queda en el aire


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