[Escrito por Luis Espinosa]
Aquel domingo de 1984, Mario Vargas Llosa acababa de instalarse en su escritorio para escribir un artículo, cuando sonó el teléfono, y entonces hizo algo que ya no solía: levantó el auricular. “Julio Cortázar ha muerto”, ordenó la voz.
Aquel domingo de 1984, Mario Vargas Llosa acababa de instalarse en su escritorio para escribir un artículo, cuando sonó el teléfono, y entonces hizo algo que ya no solía: levantó el auricular. “Julio Cortázar ha muerto”, ordenó la voz.
En vez de escribir su artículo, Mario
se puso a ojear y leer algunas de las páginas de las novelas de
Julio. Le alegró saber que Aurora estuvo a su lado en sus últimos
meses. Los conoció un cuarto de siglo atrás, en París, pero fue en
Grecia cuando lo deslumbró el espectáculo que significaba verlos
juntos, sobretodo en sus conversaciones. “No pueden ser siempre
así, esas conversaciones las ensayan en casa”, pensaba el peruano,
eran tan divertidos y cultos para él, como dos acróbatas
consumados.
Julio Cortázar nació en Bruselas,
Bélgica, en 1914, año que coincide con el inicio de la Primera
Guerra Mundial. En 1918, a los cuatro años de edad, Julio viajó a
Argentina para vivir en Banfield junto a su familia.
Fue profesor de primaria, secundaria y
universidad durante seis años.
En 1951 viajó a París. En la capital
francesa se hizo traductor de la UNESCO y publicó su primera obra:
Bestiario. En 1963 revolucionó la narrativa tradicional con Rayuela,
su obra principal. Se convirtió en el maestro del relato corto y el
género fantástico. En 1973 destinó los derechos de autor de su
obra “Libro de Manuel” a los reos políticos durante la dictadura
militar en Argentina. Posteriormente publicó “Un tal Lucas” y
“Los autonautas de la cosmopista”, entre otros.
Cortázar falleció el domingo 12 de
febrero de 1984, en Francia, a los 69 años.
Muchos años después, Gabriel García
Márquez había de recordar aquella tarde en el café Old Navy, en el
Boulevard Saint Germain, en París, donde solía observar el proceso
creativo de Cortázar. En alguna ocasión, alguien le dijo a García
Márquez que ahí escribía el argentino, por lo que lo esperó
semanas sentado, hasta que lo vio entrar como una aparición
prometida.
Lo vio escribir durante más de una
hora, sin pausa para pensar, sin beber más de medio vaso de agua
mineral, hasta que empezó a oscurecer afuera. Cortázar guardó la
pluma en el bolsillo, y salió con el cuaderno debajo del brazo, como
el escolar más alto y más flaco del mundo.
Recordaremos a Julio Cortázar por el
boquete respiratorio que abrió en una literatura anciana. Con cariño
no literario, Cortázar.


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