La vigencia de un recuerdo


[Escrito por Alan Holguín Hoffman]

Cuando por fin se decidió a voltear, sus ojos entendieron el silencio sepulcral de las casi 200 mil almas que presenciaban boquiabiertas la tragedia. Barbosa había fallado.

Hay silencios eternos, de esos que dicen más que un coro o una ovación. El 16 de julio de 1950, tuvo lugar el sonido más estruendoso que se ha escuchado en el Estadio Maracaná, el de una bola de cuero que se acomodó entre las redes para la eternidad.

¿Qué hay en la esencia de la memoria popular, cuyos recuerdos ingratos persisten como una infección profunda y dolorosa? Brasil tuvo a Didí, Garrincha, Vavá, Pelé, Zico, Romario, Rivaldo, Ronaldo e innumerables figuras míticas, se convirtió en el máximo ganador de Copas del Mundo y en el sinónimo de fútbol poderoso, pero la estaca que clavó Ghiggia en Río de Janeiro se mantuvo vigente con el pasar del tiempo.

Aquellos que fueron testigos de la gran sorpresa aprendieron a sobrellevar el dolor, posteriormente festejaron más victorias que derrotas y se acostumbraron a ganar; sin embargo los culpables del 50 nunca obtuvieron el perdón.

Moacir Barbosa, arquero de aquel subcampeón mundial, se convirtió en el non grato de la historia verdeamarelha. "El hombre que hizo llorar a todo un país", le dijo una mujer en alguna ocasión a su hijo cuando lo encontraron en la calle. ¿De qué sirvieron todas las ligas y copas locales que ganó? ¿O su reconocimiento como mejor arquero de aquel mundial? Incluso 43 años después fue rechazado de una concentración de la selección por el temor a su "mala suerte". Antes de morir solo y olvidado declaró que el suyo era el único caso brasileño de un crimen castigado eternamente.

La memoria del pueblo brasileño no se liberó de aquel oprobio. Ni siendo el pentacampeón mundial lograron obtener calma, pues la única misión que perduraba en sus anhelos era borrar ese error ganando el mundial de 2014. Pero al igual que con el empate de Schiaffino 64 años atrás, la presión los convirtió en sus propios verdugos. Cuando cayó el tercero de Alemania, los nuevos encargados de cargar en sus espaldas la pesada losa del "Maracanazo" se dieron cuenta de que su pase hasta semifinales sólo había sido un trámite para renovar la humillación. Y ahí todos fueron Barbosa, cada bola que recogían del fondo de las porterías en Fortaleza no hacía más que agudizar el silencio quizás opacado de manera intermitente por algún llanto incontenible.

El pueblo que revolucionó el deporte más popular del mundo sucumbió ante su némesis escondido como kraken bajo sus estadios: la historia.

Esa misma que gritó a los cuatro vientos que Brasil puede con todo menos con el apoyo desbordado de su gente. La misma que anuncia que Scolari será más recordado por tal ignominia que por la copa lograda en 2002. La misma historia que nos recuerda que las estadísticas suelen decir lo que los contemporáneos ignoran. Ahora les toca levantarse y luchar contra los fantasmas, porque al igual que pasa con cada uno de nosotros, sin importar el tamaño del barandal que interpongamos, ahí estará siempre nuestro propio "Maracanazo" al acecho.

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Libro
La Guerra del Fin del Mundo
Mario Vargas Llosa
1981

Citando

"La imaginación es un crimen que la realidad castiga haciendo añicos a quien intenta vivirla".
Gustave Flaubert