[Escrito por Luis Espinosa]
Aquella tarde el balón rodó como una bola llameante, era como un sol girando sobre tantas piernas, una bola encendida, guiada por una ruta trazada por un genio; ese día los más de 114 mil aficionados en el Estadio Azteca fueron llevados por veredas hasta llegar y poder contemplar una obra de arte, de las misma forma que Van Gogh llegó a los campos de Arlés.
Ese 22 de julio de 1986 había en la cancha dos equipos que se respetaban tanto que llegaban a temerse; salieron al partido con todas las precauciones posibles, como dos boxeadores en un primer round. La obsesión de la defensa argentina era no dejar que Lineker tocara la pelota, y la defensa inglesa tenía que cuidarse de Maradona. Un forcejeo interminable. El primer tiempo del juego se desarrolló en el centro del campo.
A los seis minutos del segundo tiempo Diego desbordó de la banda izquierda hacia el centro, se movió entre tres defensas ingleses, tocó hacia Valdano que no pudo controlar por la marca y por un mal despeje del defensa, el balón quedó como suspendido en el aire, “El Pelusa” corrió para ganar la posición a Shilton y envió el balón a la red con un puñetazo. El árbitro marcó el gol. Quizá fue un apoyo a la única selección americana que quedaba en los cuartos de final.
Lo que en aquel momento definí como La mano de Dios…Qué mano de Dios ¡fue la mano del Diego! Y fue como robarle la billetera a los ingleses, también.
Ya lo diría Jorge Valdano. Aquel partido fue un encuentro de enorme valor simbólico, El Diego pudo mostrar esa dualidad del criollo americano, las dos formas del ser argentino. El primer gol del encuentro (La mano de Dios) es la muestra de la trampa, la picardía o la viveza.
Desafortunadamente, apuntaba Valdano, Argentina es un país donde el engaño tiene más prestigio que la honestidad, pero al mismo tiempo Maradona muestra otra cara, una vertiginosamente contraria, la de la genialidad, la habilidad y la gambeta.
Solo tres minutos después de su trampa anotó el mejor gol de todos los tiempos, hizo una obra de arte, como un Gauguin, una impresión en movimiento, finos trazos de color apretadamente colocados uno junto al otro, con un fondo colorido y nervioso, y ahí aparece Maradona con su serena dignidad driblando ingleses.
Fue un gol soñado, casi fantástico, como si no fuera de este planeta y apenas un gol legible por el empleo de una lectura que parte de la realidad.
Héctor Enrique le dio el balón a Diego antes de cruzar la media cancha, Diego encaró a dos ingleses, giró sobre el balón, salió por la banda derecha, perforó como un rayo de luz perfora la oscuridad y la defensa inglesa corría a su alrededor, como feroces bestias esperando el error, a Maradona no podían quitarle el balón, ni siquiera llegar a acariciar la pelota. Peter Reid sintetizaría mejor el sentimiento de impotencia de la saga inglesa: “De noche tengo pesadillas pensando en aquel gol. Fue tan rápido. Ahora me pregunto cómo podíamos hacer para pararlo y ni cometiéndole falta podíamos”.
Cuando Diego Maradona se encontró con el último defensa le corrió el balón por delante y el inglés intentó hacerle la falta, pero Diego era una máquina a cien por hora, nadie pudo detenerlo en aquella corrida, cuando iba a patear ve a Shilton (portero de Inglaterra) que con los brazos extendidos tapaba todo el arco, sólo entonces amagó, le adelantó en corto, Shilton quedó a su espalda y Diego empujó el balón a la portería con tal delicadeza que parecía agradecerle a la pelota tanta fidelidad. En el mismo instante, Diego sintió una patada en el tobillo derecho donde escuchó el crujir del pie, pero era tan grande la alegría del gol que poco le importo y corrió a una esquina a festejar el gol.
Para Diego anotarle el gol a Inglaterra era una labor casi de patria: Era como ganarle a un país, no a un equipo de fútbol. Si bien nosotros decíamos, antes del partido, que el fútbol no tenía nada que ver con la guerra de las Malvinas, sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos allá, que los habían matado como pajaritos…Y esto era una revancha, era recuperar algo de las Malvinas. Estábamos defendiendo nuestra bandera, a los pibes muertos, a los sobrevivientes.
Ya al final del partido, en los vestidores, cuenta Valdano que Maradona se acercó a él y le dijo que durante toda la jugada había estado buscando un hueco para darle el balón, Valdano había seguido la jugada muy cerca a Maradona. Esta es la muestra del funcionamiento de la mente de un genio, una inteligencia que crea oportunidades y desecha oportunidades en milésimas de segundos, al mismo tiempo que evalúa cuál será la mejor opción y la ejecución de esta opción elegida.
Al final fue un triunfo de Argentina, aunque Inglaterra se quedó como lo suelen hacer las grandes selecciones, jugándosela, atacando hasta el final como una fiera que se sabe herida. Lineker a los ochenta minutos dio un testarazo que mando el balón a la red de la portería argentina. Al final triunfó Argentina, en el choque que la prensa lo llamó como “La batalla de las Malvinas”, así el futbol presenta su naturaleza dual, un partido puede estar condenado a ser olvidado y otros que perduran en un lugar donde la existencia está a salvo, lejos de la corrupción y en la autonomía: en la memoria de los hombres.


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