[Escrito por Rodrigo Garay]
“Nunca me noqueaste”, balbuceó con los labios hinchados, escurriendo sangre entre los dientes, con un acento neoyorquino petulante que era digno de esas últimas palabras que harían historia. No iba a morir todavía, aunque sentía que sí, pero le decía adiós a su más fervoroso rival; una pelea entre ellos ya no volvería a suceder. A este hombre destrozado hay que reconocerle una habilidad elocutiva admirable, pues, con la mandíbula desfigurada a golpes, la boca sangrante cubierta de sudor, los dientes seguramente torcidos y punzantes (que no nos consta), logró entonar esa frase que desafía con arrogancia; a pesar de haber sido apaleado en trece rounds y de haber perdido el título de Campeón Mundial, el boxeador se dio el lujo de burlarse de su victorioso contrincante y salir del ring con aires de grandeza.


El arrogante se llamaba Jake LaMotta y fue el 14 de febrero de 1951 cuando Sugar Ray Robinson le puso una paliza. Campeón del mundo en pesos medianos, a LaMotta le apodaban The Bronx Bull, el toro del Bronx, porque se le pegaba a sus oponentes y los asediaba con golpes sin parar. A esa distancia y con las manos ocupadas en madrearse a su enemigo, era sólo natural que su cara quedara expuesta a los puñetazos. En fin, no le importaba la defensa, su barbilla lo aguantaba todo. Además, aunque el hombre había perdido varias peleas, se enorgullecía de nunca haber sido tirado por nadie.
Sugar Ray, su némesis, sólo había perdido una de 123 peleas y era bailarín de tap. Ya le había ganado a LaMotta en cuatro ocasiones pero cada vez le costaba más trabajo. En su 122-1, el toro del Bronx era el 1. Ese 14 de febrero estaba decidido a quitarle el título al único hombre que le había ganado en su carrera.
Y lo hizo de una manera abusiva. A ese encuentro se le conoce como “La masacre de San Valentín”, para que se imagine. Aunque empezaron más o menos parejos, a partir del round 10 la cabeza expuesta de Jake LaMotta había recibido tantos golpes que el combatiente ya ni siquiera podía atacar bien. Sugar Ray, viendo a su oponente débil, no se detuvo. Por ahí del round 11, la gente ya le gritaba al réferi para que detuviera esa desgracia. Pero el boxeador bailarín no iba a dejar de molerle la cara a LaMotta hasta que lo viera en el piso. Llegó el décimo segundo round y el toro no se caía. Robinson siguió con jabs a la mandíbula ya hinchada, ya roja. LaMotta no se caía.
Fue hasta la parte trece de esta carnicería (por llamarle de alguna manera sensacionalista) que detuvieron la pelea y declararon a Sugar Ray Robinson nuevo Campeón Mundial de Peso Medio. Jake LaMotta nunca cayó. Se acercó a despedirse de su rival y fue ahí cuando tenía que hacerlo, levantar la frente, recordarle que, aunque perdió un título, mantuvo su récord más querido. Las palabras, ardidas, fueron inmortalizadas por Robert De Niro en Raging Bull, biografía cinematográfica de LaMotta.
La realidad fue otra, sin embargo. El “nunca me noqueaste” es de esas frases que son tan buenas que se le ocurren a uno cuando ya es muy tarde. L’esprit de l’escalier, como dicen en Francia. “Nunca lo dije. Eso es probablemente lo que hubiera dicho si sí hubiera dicho algo, pero nunca lo hice”, confesó LaMotta muchos años después de la pelea. “Ni siquiera recuerdo si podía hablar en ese momento. Tenía demasiado respeto por Ray”. Demasiado respeto y demasiados moretones en la cara, más bien.
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