De puños y de letras argentinas


[Escrito por Ricardo Blanquet]

Un buen match de box –como decíamos antes– puede ser tan hermoso como la metáfora más "noble". 
Julio Cortázar, en entrevista por Antonio Trilla. 1983

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El argentino fanático del box conoce la historia del deporte en su país. Recuerda quiénes fueron Carlos Monzón, Victor Galíndez y Nicolino Locche. Escucha anécdotas y recuerdos de Pascual Pérez y Justo Suárez, y, hoy día, está atento a las peleas de Sergio “Maravilla” Martínez, Marcos Maidana y Omar Narváez, entre muchos otros.

La noche del 24 de julio de 1954, por ejemplo. Durante el mandato en Argentina de Juan Domingo Perón, el boxeador japonés Yoshio Shirai llegó al país sudamericano para un encuentro con el entonces campeón nacional de peso mosca (49-50 kgs), Pascual Pérez. La oportunidad de ver a un campeón mundial en un ring nacional, enfrentándose además a un compatriota , convocó a más de diez mil personas al Luna Park, en Buenos Aires. Tras diez rounds, el referee pasó al centro del cuadrilátero y provocó las ovaciones argentinas: empate. Era la primera vez que un argentino no era derrotado por un campeón mundial.

Cuatro meses después se dio la revancha en Tokio, Japón, ésta vez con el campeonato en disputa. Quince rounds pasados y de nuevo a revisar las calificaciones de los jueces de la pelea. 146-139, 143-139 y 146-143, victoria unánime para Pérez, nuevo campeón mundial de peso mosca, el primero de su país. En su país lo celebraron miles, pero en especial Perón. Tras la victoria, Pascual Pérez dedicó el triunfo a su presidente: “Cumplí, mi general”. En respuesta, Juan Domingo fue a recibirlo personalmente al aeropuerto cuando regresó.

El entusiasmo de la gente por Pascual era grande, pero opacado dos décadas después por Carlos Monzón, el mejor para muchos. Nacido en Santa Fe, al norte de Buenos Aires, sus orígenes humildes le ayudaron a ganar el aprecio de la gente. Fue campeón mundial de peso mediano (69-72 kgs) en 1970. Tuvo cien peleas en 14 años, de las que ganó 87 y perdió sólo tres.

Admirado en París, Francia, Monzón enfrentó en 1974 al cubano-mexicano José “Mantequilla” Nápoles. El equipo de Mantequilla decidió “calentar” la pelea –cuando no era tan usual esta práctica todavía– con múltiples comentarios en contra del argentino. Monzón respondía “yo sólo quiero romperle la cara”.

Así llegó el día de la pelea, el 9 de febrero de 1974. Mantequilla entró al ring con mariachi incluido, Monzón con un tango. "Cuando lo vi enfrente, lo vi tan grandote, que no lo podía creer", confesó el argentino años después. Siete rounds pasados y el cubano-mexicano no salió a pelear más, "no veo nada, Ángelo, no veo nada...", se quejó con su entrenador, quien decidió parar la pelea y, más tarde, felicitar al ganador.

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En marzo de 1930, Julio Cortázar tenía 15 años y Justo Suárez 19; para ese entonces, el primero ya admiraba al segundo. Julio tenía una hermana; Justo, 24 hermanos, él era el decimoquinto. A los nueve años uno ya escribía cuentos y sonetos, y adquiría el interés por el boxeo, el otro ya peleaba en su humilde hogar en el barrio de Mataderos, uno de los de mayor miseria en la Argentina de aquel entonces.

Así, el 27 de marzo de 1930, uno de ellos se subió aun ring para disputar y ganar el campeonato de los pesos livianos (59-61 kgs), ante la ovación y el aprecio de más de 40 mil personas que presenciaron la pelea, y vitorearon a un campeón “salido de lo más miserable de la Argentina”. El día siguiente, el otro lo leía en los periódicos.

Años después uno siguió escribiendo y al otro le escribían un tango. Justo fue a pelear a Estados Unidos, y regresó a Argentina nuevamente entre aplausos y vitoreos, para aquel al que muchos veían como un pequeño héroe en medio de una crisis económica mundial.

A partir de ahí, las vidas de ambos tomaron caminos distintos. Cortázar continuó con sus estudios y se hizo profesor, mientras que Suárez fue derrotado por el box y posteriormente por la tuberculosis –enfermedad en aquellos años no tan conocida–, lo que lo llevaría a su muerte, “una tragedia nacional” según Julio.

En 1938 uno de ellos dedicaba todo su tiempo a la escritura y a la lectura, el otro era cargado dentro de su ataúd por una multitud, y llevaod hasta el Luna Park, el “palacio de los deportes” argentino, donde a inicios de esa década era reconocido como el primer gran ídolo del boxeo en un país amante de dicho deporte.

De uno quedan docenas de cuentos, escritos y novelas, además de todo un legado literario, y se conmemoran los 100 años de su nacimiento. Del otro queda un tango “Muñeco a suelo”, una calle con su nombre y un cuento: “Torito”, escrito por el primero.

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Foto: Justo Suárez descansando tras un entrenamiento en Argentina.

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Libro
La Guerra del Fin del Mundo
Mario Vargas Llosa
1981

Citando

"La imaginación es un crimen que la realidad castiga haciendo añicos a quien intenta vivirla".
Gustave Flaubert