El cineasta jalisciense Guillermo del Toro admite estar muy influenciado por las bellas artes y estar obsesionado con el género del horror. Leonardo da Vinci, Mark Twain, H.P. Lovecraft y Francisco de Goya lo ayudaron a crear las imágenes llenas de insectos, monstruos, lugares oscuros, robots, engranajes y otros elementos simbólicos que ahora lo distinguen.
Desde muy pequeño, su imaginación estaba ocupada por horrorosas criaturas. Cuando tenía once o doce años, su abuela vio algunos de sus dibujos y pensó que el niño estaba poseído. El pequeño Guillermo no paraba de reír mientras la mujer le practicaba un exorcismo casero.
En su adolescencia empezó a hacer sus propias producciones en película de 8mm y a colaborar en pequeños filmes de sus amigos. Su madre llegó a ser su actriz en dos cortometrajes: fue una mujer obsesionada con una grieta en Matilde, y luego murió atacada por un zombie en Geometría.
Después de estudiar en la Universidad de Guadalajara y de tomar cursos con El Padrino del Maquillaje, Dick Smith (el que transformó a Marlon Brando en El padrino y a Linda Blair en El exorcista), Guillermo creó su propia compañía de diseño y maquillaje: Necropia.
Destacó en nuestro país con Cronos, de 1993, en donde un nuevo giro al vampirismo lo llevó a ganar el Gran Premio de la Semana Internacional de la Crítica en el Festival de Cannes. Del Toro también ha dirigido Mimic, Blade II, El espinazo del diablo, El laberinto del fauno y las dos entregas de Hellboy.
No hay que confundirse: Guillermo del Toro no hace cine mexicano. En palabras del director mismo, lo único mexicano en sus películas es él.


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