[Escrito por Luis Espinosa]
Primer encuentro con el jazz
Miles Davis nació en Alton, Illinois, el 26 de mayo de 1926. El nombre “Miles” se pasaba al varón primogénito de las generaciones sucesivas. Sólo un año más tarde la familia se mudó hacia el sur, a East St. Louis, una ciudad pequeña al este del río Mississippi. Tenía dos hermanos: Dorothy, dos años mayor que él – nacida en 1924 – y su hermano menor Vernon, nacido en 1929. Eran una familia de clase media, negros orgullosos provenientes de grandes universidades.
Lincoln y el Congreso ya habían abolido la esclavitud, y durante esos tiempos oscuros los Davis eran esclavos músicos que tocaban para los dueños de las plantaciones piezas clásicas, con instrumentos de cuerdas.
En esas décadas solo había dos caminos para los músicos negros: ser payasos de los blancos u obtener un poco de libertad tocando en los burdeles, cabarets y bares, cosa que para la familia Davis no era aceptable. El padre de Miles Davis, Miles II, cuenta que también quería ser músico:
Mi padre, Miles I nació seis años después de la Emancipación (en 1869) y me prohibió que tocara música porque el único lugar en que un negro podía tocar en aquel entonces eran las tabernas. Mi padre era el contable más eficiente de Arkansas antes del advenimiento de la máquina de calcular y los blancos venían por las noches para que él les pusiera orden a los libros de cuentas.
Miles I pudo adquirir 405 hectáreas en Arkansas y pudo enviar a su hijo Miles II a estudiar odontología a Northwestern College. Al mudarse a East St. Louis Miles II ya tenía una prospera consulta y adquirió una hacienda de ochenta hectáreas en la que se dedicaba a la crianza de cerdos y caballos, eso hizo que su hijo Miles III creciera en una familia bien acomodada económicamente.
Pero nada era garantía cuando se era negro y se vivía en una ciudad tan racista; la familia Davis se mudó a un barrio de blancos, un acto provocativo de su padre, allí habían asesinado a muchos negros en los motines de 1917. Cuenta Miles Davis uno de sus recuerdos de infancia, la escena era un hombre blanco que lo había perseguido por la calle gritando: ¡Negro! ¡Negro! Miles era desde su infancia muy sensible, tenía el físico de su padre, pequeño, delgado y fuerte, heredó rasgos de su madre, como la delicadeza que se expresaba en su música. También comenzaba a tener una inteligencia que luego maduraría en sus años de adulto, se formulaba preguntas difíciles de contestar:
“Iba a la iglesia cuando era muy pequeño, pero a eso de los seis años, le pregunte a mi madre por qué en la iglesia seguían llamándome pecador aunque yo no hubiera hecho nada malo. Como no obtuve respuesta, dejé de ir”.
En su casa gobernaba la música que era dictada por la burguesía y los buenos refinamientos, su hermana Dorothy tocaba el piano y su madre el violín, que siempre reprimió su talento del piano al interpretar el blues; la censura en la música blues eran tan férrea que también los talentos de su abuela se habían mantenido en la clandestinidad. Pero a veces el azar construye mejor la historia que la propia razón y la revolución musical de Miles Davis se consolidó cuando su madre lo mandaba en tren con su abuelo a Arkansas, un estado que había sido esclavista y que estaba tan lleno de blues, góspel y jazz, como de negros. Música cantada por gargantas de hombres y mujeres con voces profundas y vibrantes. Miles escuchaba aquella música todo el tiempo, cuando salía con sus primos y tíos.
“Compulsion”
El año de 1952 fue un año vacío para Miles Davis, su adicción a las drogas habían estancado su carrera. A principios de ese año Leonard Feather escribió un artículo donde describe la carrera de Miles:
“Miles, uno de los músicos de Jazz moderno más influyentes, a través de su interpretación con la trompeta… el último año se ha visto alejado de su carrera mientras sus imitadores han progresado”.
En los primeros meses de 1953 hizo tres sesiones de grabación, “Compulsion” y “The Serpents Tooth”, y “Round Midight” la balada de Monk, con un sexteto que incluía a Charlie Parker y Soni Rollins en saxos tenores, relación que jamás funcionó.
La adicción estaba destruyendo a gran velocidad la carrera de Miles, tenía malas relaciones con otros músicos y tenía que recurrir a saxofonistas de menor calidad a él para poder grabar. Intentó superar su adicción con el psicoanálisis, sin resultado alguno. Sólo en un momento de desesperación decidió dejar las drogas (según relató en un reportaje de la revista Ebony).
“Estaba resuelto a desengancharme de la droga. Estaba harto de ella, uno puede hartarse de cualquier cosa. Incluso puedes cansarte de estar cansado. Me acosté y miré el techo durante doce días y maldije a todos los que no me agradaban. Lo hice de la manera más difícil. Era como tener una gripe fuerte, solo que peor. Nadaba en sudor frío. Me moqueaba la nariz y los ojos se me llenaban de lágrimas. Vomitaba todo lo que trataba de comer. Se me abrieron los poros y olía a sopa de pollo. Hasta que un día se acabó”.
Muchos jazzistas murieron —Charlie Parker, Fats Navarro y Sonny Berman, por ejemplo— a causa de sus adicciones. Gerry Mulligan consiguió librarse de la adicción con ayuda del psicoanálisis. Pero Miles sólo consiguió salir de la adicción gracias a su determinación y al box.
Primer encuentro con el box
“El boxeo es como la música: cada día se aprende algo. Boxeo porque me da fuerza… Yo no bajo la guardia cuando toco. En un grupo nunca debes dejar que el que toca detrás adivine cuándo vas a retirar el instrumento de tus labios y hacer una pausa. Es como en el boxeo: siempre hay que acorralar al adversario…”.
Miles Davis para Jazz Magazine (1971).
Años después al salir de su adicción, declararía que dos de sus héroes, Sugar Ray Robinson y Jack Johnson, le habían proporcionado fortaleza moral con su ejemplo: “Sugar Ray me inspiró y me hizo librarme del hábito… se disciplinaba y todo eso… Y Jack Johnson también”.
Entrenó box en los gimnasios Stillman y Gleason con el manager Bobby Mcquillen, quien le exigió estar limpio de drogas, aunque no subiera al ring a competir, sino únicamente para ejercitarse y hacer sombra pues debía cuidarse las manos, los labios y su blanca dentadura. Al mismo tiempo hacia amistad con algunos boxeadores y músicos que compartían ambas pasiones como Satan Levey, Johny Bratton y Sugar Ray Robinson. Miles y Ray se hicieron muy buenos amigos. “Cuando ves a un buen boxeador es una forma de hacer arte. El ritmo es todo en el boxeo, cada movimiento empieza con el corazón”, decía Ray Robinson.
Miles se subía al ring con los shorts bien ajustados a sus piernas oscuras y delgadas, lanzaba jabs y rectos mientras recorría en círculos la lona del ring, se colocaba como los boxeadores profesionales, con el cuerpo encorvado para ajustar los guantes al mentón; era de guardia derecha y tenía buen alcance, sus brazos eran rápidos como los de un peso wélter, las pocas veces que llegó a hacer sparring decía: “no me golpeen en la boca, tengo concierto esta noche”.
Después de ese momento, la relación entre el box y Miles III fue más íntima: Hablaba de box en la mayoría de las entrevistas y se llenó de ritos al igual que los boxeadores, transportaba las palabras aprendidas en el gimnasio a la trompeta, antes de cada actuación rechazaba a las personas y a todo. Así como aquellas bestias de peleas parecen concentrar sus fuerzas en los puños, Miles se preparaba para su pelea arriba del escenario, se apretaba las agujetas de los zapatos hasta que el pulso le temblaba y los usaba de un número menor para tener la sensación de firmeza. Se negaba a la comida y al sexo antes de tocar, creía que un músico de jazz debía tocar hambriento, desdichado e insatisfecho.
Durante sus entrenamientos la carrera de Miles Davis comenzó a caminar a pasos grandes, como en sus inicios, ocurrieron en esos momentos los mejores aciertos de Davis, una gran fortaleza lo sacó de su adicción y se sintió un gigante cuando salió de ella, con una identidad mayor y más profunda. Tiempo después declaró:
Nunca pienso sobre la muerte. Debería haberme muerto hace mucho tiempo. Estuve cerca cuando me drogaba. Esa es la razón por la que no hay temor en mis ojos. Algunas personas me acusan de ser mezquino y racista porque no me inclino ni arrastro. Cuando me miran a los ojos y no ven temor se dan cuenta de que es un empate.
Fuentes


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